LAS MANOS DEL ALFARERO
- Roberto Rodríguez González

- hace 3 horas
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La Pasión de Cristo puede comprenderse como las manos del alfarero divino trabajando con paciencia y firmeza sobre la arcilla de nuestra humanidad. La imagen del alfarero, profundamente bíblica (ver Jr. 18,1-6), nos ayuda a entender que Dios no abandona la obra de sus manos, sino que la modela, la corrige y la purifica hasta hacerla apta para su designio eterno. La voluntad de Dios es clara: “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Sin embargo, existe un filtro indispensable para la salvación: “nada impuro entrará en ella” (Ap. 21,27). La santidad no es un adorno opcional, sino la condición necesaria para participar de la vida divina.
Ante la caída de Adán y Eva, el género humano quedó marcado por el pecado, herido en su naturaleza y separado de la comunión plena con Dios. Pero el amor divino no se resignó a esa ruptura. Desde el inicio, Dios concibió un Plan de Salvación: enviar su Palabra eterna para que se encarnara, asumiera nuestra condición y, mediante su vida, pasión, muerte y resurrección, pagara la deuda del pecado y abriera el camino de regreso a la casa del Padre. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). No se trata de un gesto simbólico, sino de un acto histórico y redentor por el cual Cristo, el nuevo Adán (Rom 5,12-21), restaura lo que el primer Adán perdió.
San Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas, afirmaba que la Pasión de Cristo es la obra de amor más grande de Dios. Esta convicción hace eco en las palabras mismas de Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Cristo no murió por una masa anónima, sino por cada persona en particular. Por Adán, por el género humano y por cada uno de nosotros entregó su vida. La cruz, lejos de ser un fracaso, es el trono desde donde reina el amor. Allí se revela la justicia y la misericordia, el juicio y el perdón, la gravedad del pecado y la sobreabundancia de la gracia.
Sin embargo, permanece el problema del “filtro”. Si nada manchado puede entrar en el Reino, ¿cómo puede el hombre, frágil y pecador, alcanzar la pureza necesaria? Aquí vuelve la imagen del alfarero. La Pasión no solo redime objetivamente al mundo; también actúa subjetivamente en cada alma que se abre a la gracia. Las manos del alfarero trabajan la arcilla, eliminan impurezas, eliminando el pecado, al presionar, modelar y, si es necesario, vuelven a comenzar. El Miércoles de Ceniza nos recuerda nuestra condición: “Polvo eres y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). Somos barro, pero barro llamado a contener el tesoro de la vida divina (cf. 2 Cor 4,7). Un barro consciente, que sabe y quiere purificarse y por eso se abandona a las manos del alfarero.
La cruz que Cristo propone cuando dice: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24), no es un castigo ni una expresión de crueldad divina. Es misericordia en acción. La cruz personal —las pruebas, renuncias, sufrimientos y contradicciones— es el instrumento con el que el alfarero quita las asperezas del egoísmo, la soberbia, los afectos mal ubicados y todo tipo de apego desordenado. Es el proceso por el cual el vaso viejo se transforma en vaso nuevo, capaz de contener a Dios en su interior y prepararse para la visión beatífica prometida a los santos.
San Juan Pablo II, en su carta apostólica Salvifici Doloris (Dolor salvífico), profundiza en esta dimensión del sufrimiento. Enseña que el dolor humano, unido al sacrificio de Cristo y ofrecido en total abandono al Señor, adquiere un valor redentor. El sufrimiento, lejos de ser absurdo, puede convertirse en participación en la obra salvífica. En un lenguaje profundamente espiritual, se ha dicho que estos sufrimientos ofrecidos son como “caricias” que Jesús permite a sus amigos más íntimos: una comunión misteriosa con su propia Pasión. Cristo llama a algunos a unir sus dolores a los suyos para que, transformados por el amor, se conviertan en “dolor salvífico” en favor de los demás. Así, el creyente no solo es moldeado, sino que coopera activamente en la salvación del mundo.
La santidad, entonces, no es una meta inalcanzable reservada a unos pocos. Es el mandato y la vocación universal: “Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,16). El Plan de Salvación no concluye en el Calvario; se actualiza en cada vida que acepta ser trabajada por las manos del alfarero. La Pasión continúa en la historia, no solo con la actualización, el ‘memorial’ del sacrificio único de Cristo, sino como aplicación de sus frutos en las almas (la aceptación de la cruz que Cristo nos propone).
Aceptar la cruz, ofrecer el sufrimiento y permitir que Dios nos purifique no es resignación pasiva, sino acto supremo de confianza, de oración activa. Es dejar que la Pasión de Cristo nos modele hasta que nuestra arcilla refleje el rostro del Hijo. Solo entonces el vaso estará preparado para contener la gloria eterna y entrar, purificado y renovado, en la casa celestial, capaz de contener la Vison Beatifica. En resumen podemos decir que la Pasión es el taller del amor divino, donde el barro herido por el pecado se transforma en obra maestra destinada a la eternidad. "Sed santos, porque yo soy santo" (1 Pedro 1:16, Levítico 11:44) no es una sugerencia, sino un llamado fundamental a reflejar el carácter de Dios en la vida cotidiana. Significa apartarse del pecado, vivir con temor reverente y mostrar una conducta ejemplar y diferente, impulsada por el Espíritu Santo, en resumen, tomar nuestra cruz y seguir al calvario a Jesús, con la esperanza en fe de poder decir con conocimiento de causa “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” No en vano Dios nos reitera que "seamos
santos como lo es Él."



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